lunes, 20 de noviembre de 2017

CLINT EASTWOOD

"Alguien dejó la puerta abierta
y entraron los perros equivocados".

Clint Eastwood

Como otras veces he escrito todo, o casi todo, lo que aparece en este blog tiene que ver con mi experiencia diaria y con como interpreto lo ocurrido. Por ello, con cierta frecuencia, ciertas entradas ya terminadas y programadas, o a medio terminar, tienen que ceder paso a otras que aparecen con la necesidad de ser escritas y publicadas. Como el lector, que intuyo ya me va calando, habrá adivinado éste es el caso. Pero, tal vez, si escribo los dos hechos que desencadenaron esta necesidad el lector podrá comprender mejor el porqué de esta necesidad.
Hace unos días me enteré de que una organización sin ánimo de lucro había fomentado que ciertas personas de esa asociación o familiares cercanos se aprovechasen de actividades emprendidas bajo el paraguas de su nombre. Resulta obvio que al enterarme de este tipo de comportamientos no pude evitar sentir rechazo y desprecio hacia quienes se aprovechan de situaciones como ésta.
No había pasado ni una hora desde que tuve conocimiento de lo que he expuesto con anterioridad, cuando escuché que un tipo había vuelto a golpear a su pareja. Digo vuelto, porque se trata de un triste y sórdido drama, en la que él pega a su pareja, ella denuncia para, al poco, retirar la denuncia y volver junto con él. Ése criminal bucle, incomprensible para los que lo vemos desde fuera.
Reconozco que tardé un poco en procesar toda la información y en integrarla en mi escala de valores.
La primera conclusión a la que llegué fue la de siempre: cualquier organización, por muy buenas intenciones que tenga en su fundación, acaba convirtiéndose, en parte o de manera total, en pasto de desalmados, más preocupados en medrar y en que su nombre sea asociado con el altruismo y la bondad, que en llevar a cabo los objetivos que dicen promover. Esto sirve para el primer caso y para el segundo (donde el dinero la profusión de asociaciones y de expertos no evitan casos como el expuesto, dedicando su tiempo y nuestro dinero a cargar contra carteles, canciones y fruslerías similares).
Acto seguido me acordé de Clint Eastwood y de alguna de sus magníficas películas. Me vino a la mente ese personaje solitario, por lo general un tipo anónimo, que acaba tomando decisiones. Decisiones que no sólo afectan a él, a veces las toma para mejorar la vida de otros, supliendo las carencias de un sistema ineficaz. Por supuesto, yo no soy ningún héroe, aunque sí anónimo, pero la idea de que las situaciones cambian a través de nuestros actos individuales cada vez me parece que se ajusta más a la realidad. No sólo eso, también creo, cada vez con mayor fuerza, que yo sólo debo justificar mis actos, no los de los demás, aunque estos viajen en el mismo barco y hacia una dirección común. Uno sólo puede responder, ante sí y ante los demás, de lo que él hace, pues es sobre lo que uno tiene la capacidad completa de decidir. Lo que realicen los acompañantes es una cuestión suya. Lo mas que podemos llegar a hacer es considerar si, desde un punto de vista ético, lo que realizan los demás resulta elogiable o criticable y aplicar la conclusión a futuras situaciones. Pero no considero necesario justificarme por algo que han hecho otras personas. Allá ellas con su moral y su conciencia. Yo no debo ser el Pepito Grillo de nadie.
Imaginemos que alguien ayuda a realizar un acto solidario, donde se recauda dinero para personas que lo necesitan. Se consigue una cierta cantidad de dinero y se utiliza para mejorar la calidad de vida de un esa gente a la que iba destinada. El objetivo parece cumplido. Sin embargo, la gestión del asunto no ha sido la más adecuada y se podían haber conseguido más cuartos. Resulta evidente que quien ha contribuido a recaudar fondos no debe sentirse concernido por la mala gestión. Deben ser quienes han gestionado de manera pésima los que deben exigirse a sí mismos una justificación de su actuación. Cada cual debe responder de sus actos.
Es aquí donde entra en juego el segundo caso: el de la situación de maltrato que sufre la mujer de manera recurrente y al que nadie pone solución. Existe una percepción muy extendida sobre como solucionar ciertos aspectos de la vida a base de leyes y de protestar en los medios de comunicación y/o en las redes, celebrando juicios paralelos en muchos casos.
Sobre la necesidad de promulgar leyes para solucionar problemas nada parece más claro que esta medida resulta ineficaz. Existen leyes que prohíben matar o robar desde tiempos inmemoriales y no parece que hayan servido para erradicar el problema. Por tanto, las leyes, algunas con ciertos planteamientos disparatados, no resultan la medicina salvadora, por mucho, y aquí volvemos a lo de la responsabilidad individual, que cierta gente hable de endurecer penas como fórmula para solucionar los problemas, que ellos desconocen y a los que no se van a acercar en su miserable y moralista vida.
Por otra parte, esos moralistas, amantes de penalizar todo lo que no les gusta, parecen olvidar que los seres humanos seguiremos cometiendo atrocidades toda nuestra vida y que la eficacia de algo no se mide en exclusiva por aquello que, de manera aparente, no funciona, sino por la evolución y la eficacia de lo que se ha puesto en marcha. Una excepción debe servir para plantearnos si algo se puede mejorar, pero no para derribar todo un edificio que puede haber servido para cobijar a mucha gente desamparada. Y, por desgracia, la locura, la maldad seguirán existiendo siempre y debemos saber que han existido, existen y existirán hechos, minoritarios, imprevisibles y a los que no podemos dar respuesta, por mucho que nos duela.
Me gustaría concluir esta entrada haciendo referencia a que el asunto del maltrato también deja bien a las claras que existe cierta gente, demasiada, que medra a costa de la desgracia de las demás, sin solucionar los problemas primigenios que motivaron la actuación inicial. ¿Cuánto tiempo llevamos oyendo hablar de casos como el que he expuesto? ¿Se ha encontrado solución a situaciones como la expuesta? Creo que no hace falta que responda. Sin embargo, un montón de personas viven de desvirtuar el asunto y buscar problemas, donde en muchos casos no existen, sin solucionar los verdaderos y primordiales asuntos, los que motivaron que se montara una maquinaria de ayuda. En el fondo, esta reflexión sirve para cerrar esta reflexión como la comencé: hablando de gente que se beneficia de la desgracia ajena (en ocasiones, provocándola ellos). Tal vez por todo ello me identifico con los personajes de Clint Eastwood y, tal vez, por eso me siento muy a gusto, aportando lo mío, lo que puedo, lo que sé, intentando solucionar los problemas de los demás. Sin juzgar, sin necesidad de ser comprendido o admirado. Sólo por el mero hecho de saber que es lo que quiero, lo que necesito y lo que puedo dar a otros y soy muy feliz haciéndolo.
Un saludo.  

viernes, 17 de noviembre de 2017

IDIOTARIO (XCI)


Froilán (de Todos los Santos): ejemplo que no se debe poner a los hijos cuando se les intenta convencer de que el esfuerzo resulta necesario para alcanzar ciertas metas.


Libra: hembra del libro.


Meter la pata: introducir un ave hembra, palmípeda, de plumaje denso, pico más ancho en la punta que en la base en algún lugar, equivocándose al hacerlo. 




Multa de tráfico: sanción administrativa , generada por infringir el reglamento de circulación y por la mala suerte, porque tras ser ser advertido por el agente de tráfico correspondiente siempre se escucha la frase: "Para una vez que hago..., me pillan".


Nombre común: nombre de persona muy frecuente.


Números pares: das a luz signos gráficos que representan una cantidad.


Políticamente correcto: ¡Me cago en la puta! Ya lo he explicado trescientas veces. ¿Estáis gilipollas o qué coño os pasa?


Siesta: lo que une a todos los españoles.


Talento: persona con una cualidad especial e innata para realizar cualquier  acción de manera poco diligente, sin  prisas ni estrés.

martes, 14 de noviembre de 2017

FEAR ON THE DARK

" A cuenta de prometer el Reino de los Cielos,
algunos vivillos lo que están haciendo
es su cielo particular en la tierra...".

Salve Regina, La Polla Records

Las formas de entretenimiento audiovisual han cobrado importancia, desde hace décadas, en nuestras vidas. La nueva moda de las series de pago resultan un ejemplo claro de lo expuesto. Los culebrones, las series, los reality show, el deporte televisado, la música que escuchamos en nuestros reproductores... constituyen parte esencial de nuestras costumbres, lo queramos reconocer o no.
Esta forma de ocio, por lo general basada en la inmediatez, se ha prestado a todo tipo de interpretaciones. Desde aquellas elogiosas, bien sea por su calidad o por lo que aportan al acerbo cultural de los usuarios, hasta las que se sitúan en el otro lado y hablan de falta de calidad de los productos o de una influencia nefasta para todos aquellos que utilizan este tipo de recursos de ocio. Uno intuye que, en realidad, lo que cada cual ve, escucha o ambas cosas es lo que busca, porque se siente identificado, de antemano, con ello, no porque se lo impongan.
En otras palabras, quien ve Gran Hermano lo hace porque ese tipo de formatos le resultan atractivos, no es el programa el que conforma los gustos y las opiniones del televidente. Esta hipótesis parece verse confirmada por el hecho de la que la programación de una cadena como La 2, bien sean de animales, de viajes, de arquitectura o sobre gastronomía gastronomía sea seguida por una minoría, muy minoritaria.
Este hecho tiene mucha más importancia de lo que a simple vista puede parecer. Existe una corriente de opinión, la que más se escucha en los medios, que dictan lo que se incluye dentro de lo deseable y de lo indeseable, cuando de la industria del entretenimiento se trata. Esta élite del pensamiento parte de un realidad, la suya (o la que ellos pretenden vender poseer) que, por lo general, suele obviar los gustos de una parte significativa de la población, por considerarla carca, cutre, de bajo nivel sociocultural o por todo aquello que se le ocurra al amable oyente. Por tanto, el negocio del entretenimiento debe reproducir unos patrones que se ajusten a la visión de esos visionarios, que deciden qué necesitan y cómo deben ser las personas de una sociedad. No importa que una parte significativa de las personas de esa sociedad no compartan esa visión, ni esas necesidades. A lo mejor, sólo a lo mejor, es por eso que series televisivas como Aquí no hay quien viva, Los Serrano, Gran Hermano... o música como el reaggetón tiene tanto éxito, porque existe una gran cantidad de personas, todas ellas con sus problemas y sus alegrías, que tienen suficiente con ese tipo de producto de entretenimiento. Y, tal vez, sólo tal vez, eso ocurre porque en nuestra sociedad, como en todas las sociedades, existe un amplio abanico de opiniones, de gustos, de formas de vivir y de afrontar la vida; pero se ha impuesto un modo único, correcto, de entender la sociedad. Un modelo deseable, e inalcanzable, para todos. Y la industria del entretenimiento debe trabajar para expandir esa visión idílica de la sociedad. Una visión de la sociedad sin clases bajas, o donde las personas de clase baja son dignas de lástima, porque consumen reaggetón (aunque esto no sea del todo cierto), ven a Jorge Javier Vázquez, no leen (aunque esto no sea del todo cierto), no viajan a sitios chic (en viajes masificados donde no te puedes desviar diez minutos de lo propuesto por una gran empresa de viajes)... Una visión de la sociedad de personas con problemas, que siempre se solucionan de manera satisfactoria. Una música cuyas letras hablen de un mundo donde prima el amor, el buen rollo y la fiesta, haciendo mártires a los músicos que se suicidan, porque "su talento derivaba de su locura", ocultando problemas como la depresión o el suicidio. Un planeta donde las grandes distribuidoras apuestan por héroes indestructibles, amores que triunfan a pesar de todo lo impensable y alguna tragedia, basada en vidas de triunfadores y, a lo sumo, alguna película de miedo, para hacer pasar un mal rato al personal. Todo controlado.
En las películas de Hollywood de los 40 y de los 50 no había besos obscenos, aunque muchos de los protagonistas tuviesen vidas reales que se caracterizaban por la abundancia de sexo, porque se intentaba transmitir una moral adecuada. Hoy la industria del espectáculo está más interesada en transmitir una visión de éxito en lo que se emprende, sea en lo económico, en lo sentimental, en el deporte o en lo que al lector se le ocurra.
Por otra parte, existe una corriente, fundamentalista hasta la médula, que insiste en que ciertos contenidos/ideas no deben difundirse a través de los productos de entretenimiento (¿No suena, de manera sospechosa, al asunto de los besos apasionados de los producciones de Hollywood?).
En este aspecto se observan varias consideraciones, derivadas todas del mismo lugar: la presunta supremacía intelectual y/o moral de quien decide lo que resulta aceptable o no.
En los últimos tiempos se insiste mucho en atacar el reaggetón como fuente de machismo y de otro tipo de cuestiones, porque pueden afectar a jóvenes que se están formando, convirtiéndolos en unos perfectos cretinos. En efecto, los jóvenes no saben distinguir la realidad de un producto cultural, por eso yo, que vivo cerca de unos multicines, cuando emiten películas de acción procuro no pasar por allí, por temor a que todos los que salgan de ver la película me confundan, debido a mis barbas, con el malo de la peli y me ensarten con una espada láser o similar.
Hace falta ser un auténtico iluminado para pensar que chavales que llevan años, muchos, consumiendo videojuegos, viendo películas, siguiendo a youtubers, descebrados muchos de ellos y, dato importante, muchos de ellos leyendo novelas de ficción, no sean capaces de distinguir una letra de una canción de la realidad. No entiendo cómo estos personajes, rectores de la moral, no han caído en la cuenta de que estos mismos jóvenes, a los que si les viene bien leer, son capaces de saber que Don Quijote es una invención de un genial manco, y que dicho personaje estaba como una regadera y, por tanto, ellos no deben embestir molinos, aunque sean de los que generan electricidad, porque les puede ir mal muy mal. En otras palabras, parece que la gente no es tan tonta y es capaz de distinguir entre un libro, una serie, una canción, un videojuego y la realidad. Pero ellos, erre que erre, sobre la conveniencia de no mostrar a la gente ciertas cosas, no siendo que en su estulticia el público siga a pies juntillas lo que dice una canción (o algo que se le parece), un culebrón o una película.
Desde mi punto de vista, tal vez la respuesta esté en los prejuicios y el elitismo de esos censores morales, que resultan incapaces de verse a sí mismo como seres ridículos, más preocupados de censurar a los demás que de de vivir.
A este respecto me viene a la memoria una anécdota personal que sirve para ilustrar lo que he escrito en el párrafo anterior, que va a servir para concluir la entrada.
Hace un par de años, mientras hacía un viaje largo, cansado de escuchar música, sintonicé la radio y en una emisora apareció largando cosas insustanciales Boris Izaguirre. Reconozco que no sabía que seguía trabajando en ese medio, tenía perdida la pista al venezolano, y me sorprendió oír su voz tras bastante tiempo. No cambié de sintonía y, tras un rato, comenzaron a hablar de los Iron Maiden (¡oh sorpresa!) y alguien dijo que Bruce Dickinson, el vocalista, era, y es, piloto de aviones comerciales. No sólo, además pilota el avión del grupo, el Ed Force One, el avión del grupo británico, que les lleva por todo el mundo en sus giras. Boris Izaguirre argumentó que no podía ser posible que alguien que cantaba heavy pudiese pilotar una aeronave. Siguiendo con una aportación de lo más suculenta: "Lo más seguro es que el cantante diese al botón del piloto automático. Reconozco que me ese comentario me indigno, aunque viniendo del showman no me duró mucho el enfando. Sus estereotipos, al igual que su moralina, delatan que es un pijo supremacista, conservador hasta la médula. Y es en este último aspecto, lo de ser conservador, en el único en el que coinciden Dickinson, que se declara torie, y él hijo de papá venezolano. Mientras que Izaguirre es niño de familia bien, muy bien, que todo lo ha tenido bastante fácil, el vocalista de los Maiden, es piloto de líneas regulares, poseyendo parte de una empresa de aviación comercial, es licenciado y doctor en Historia, ha escrito un par de libros, estuvo a punto de participar representando al Reino Unido en la especialidad de Esgrima en una olimpiada, es empresario y, como todo el mundo sabe, uno de los líderes de una de las bandas épicas de la historia del rock. ¡Ah, se me olvidaba! A diferencia del que trabaja en los medios españoles, proviene de una familia humilde. Pero, amigo, un tipo que llena estadios de fútbol cantando al miedo a la oscuridad, mientras el bajo de Steve Harris martillea a una velocidad inconcebible, no puede ser un tipo inteligente y la gente que escucha esa música tampoco puede ser mucho más allá.
Ellos ponen sus normas y, como son los que aparecen en los medios, o los que escriben lo que dicen los que aparecen en los medios, dictaminan quién merece la pena y quién no merece incluirse entre los elegidos. No sólo eso, quienes están en ese rango de no los elegidos tampoco tienen, según ellos, la capacidad de pensar por sí mismos.
Un saludo.


sábado, 11 de noviembre de 2017

INFANTILISMO VITAL

"La alegría y el dolor
no son como el agua y el aceite,
sino que coexisten"

José Saramago



Cada día que pasa tengo más la sensación de que existe una parte del personal que asimilan la vida a una serie de Netflix o a una película, bien de acción bien romántica. Héroes, finales felices tras decisiones arriesgadas, romances tórridos y perfectos... y todo aquello que el lector se pueda imaginar conformar la exigencia de vida de ciertas personas. Pero, por suerte o por desgracia, la vida la hacemos seres de carne y hueso, que vamos al baño a evacuar, que erramos, que tenemos sentimientos y que no siempre acertamos a tomar las decisiones que, a posteriori, resultan ser las correctas.
A veces, como en esta ocasión, cuando voy desarrollando la entrada van surgiendo ideas que completan lo que quiero transmitir. En este caso la idea que ha aparecido tiene que ver con la importancia de los medios de comunicación (que no de información) para conformar esta mentalidad tendente a exigir una vida perfecta (siempre la de los demás). Nos han inculcado a sangre y fuego que todo debe ser maravilloso, cuando nuestra vida es una sucesión de cuestiones rutinarias y, en ocasiones, sin sentido alguno y que los errores son cosas de chapuceros, inútiles o incompetentes, que cierran el paso a los verdaderos héroes, que sufren en silencio, como si se tratase de un anuncio de hemorroides. Por supuesto, todo ello sin movernos de nuestro sillón o, como mucho, yendo a gastar dinero para superar nuestra tristeza o nuestra "depresión".
Podemos unir a ello el concepto de la vida concebida como un espectáculo en el que no nos puede ocurrir nada malo. No sé si el lector habrá visto las imágenes de un atraco que ocurrió hace unos días,  creo recordar que fue en una población asturiana, en la que uno de los ladrones acabó suicidándose. La noticia, casi seguro que habrá quedado sepultada por la "actualidad", pero a mí hubo algo que me llamó la atención, que ilustra a la perfección lo que deseo transmitir. Veamos lo que ocurrió: una mujer que va conduciendo se da cuenta de que algo ocurre en la calle y dice: "Esto no me lo pierdo", mientras graba la escena con su teléfono móvil. La siguiente toma que emitieron fue a esa misma mujer aterrada, dentro del coche aparcado al lado del lugar donde los guardias civiles, pistola en mano, hacen frente a los atracadores. Se escucha a la intrépida reportera pedir que la dejen ir porque tiene que hacer algo. El agente la conmina a no moverse porque corre peligro. Se acababa de meter, de manera voluntaria, en medio de un atraco con rehenes, armas de fuego y negociador, como en las películas de acción. Pero, a diferencia de éstas, aquí las balas eran de verdad y hubo un muerto de verdad. Por suerte todo acabó bien para ella.
Esta escena, real, da una idea del sentido que cierta gente le da a la vida, concibiéndola como un espectáculo que se puede emitir en directo, donde nunca ocurre nada malo. Hasta que ocurre.
En el fondo, nos han vendido una especie de Show de Truman, en el que, además de espectadores, nos empeñamos, o se empeñan, en hacer de Truman. Pero, por suerto o por desgracia, no somos actores ni lo que nos rodea es un decorado o un conjunto de actores. Vivimos en un mundo donde existen los prejuicios, la maldad, el egoísmo, el dolor, la traición, la violencia, la enfermedad, la muerte... Todo ello está en la esencia del ser humano y de la sociedad conformada por todos nosotros. Sin embargo, existe un empeño absurdo en que todo sea perfecto, en que no existan los errores, en que el mal se elimine aprobando leyes (de las que luego se quejan cuando se aplican), en que todos piensen como nosotros (que somos los que estamos en lo cierto). Pero todo eso sólo dice una cosa de quien piensa así: pontificar sobre lo divino y lo humano resulta muy fácil, en especial cuando se desconoce de lo que se habla, pero implicarse en las soluciones resulta mucho más complicado, porque, entre otras cosas, requiere esfuerzo. Mover el culo del sillón y los ojos de la pantalla del móvil.
Resulta muy fácil tratar como niños a la gente. Basta para ello poner en solfa un tema, o varios, por lo general los mismos siempre, recurrir a lo visceral para plantearlo y al enemigo como cerebro del desmán por acción u omisión. Pero las cosas son más complejas, por mucho que Twitter, Whatsapp, Instagram o los periódicos digitales nos den la sensación de que nuestra opinión cuenta o puede solucionar los problemas de fondo.
Me vienen a la mente los incendios de Galicia y de Asturias, que sirvieron para que los de siempre se cebasen con los de siempre. Un incendio forestal de grandes dimensiones, más con las condiciones que se daban, resulta algo difícil de controlar, como lo demuestran los incendios recientes en Portugal o California, que además de más extensos se han cobrado un número de vidas significativo. Pero aquí los expertos en incendios de las redes sociales conocían las causas y las formas de evitarlos y/o apagarlos. Seguro que si a esos expertos se les pregunta cuál es la época de quema controlada de su comunidad autónoma o cómo proceden los encargados de desbrozar el monte nos podrán dar una lección magistral o cómo deben actuar los bomberos forestales cuando arde una construcción habitada responderán sin dudar. 
Gente dando lecciones de todo y otra gente viviendo como en el Show de Truman, porque la vida debe ser de color rosa y todo debe ser chachi. Pero lo malo está ahí, aquí, un poco más allá, por mucho que lo queramos evitar.
Los alcornoques tienen una corteza ignífuga, porque en el clima mediterráneo que tienen su hábitat los incendios forestales han existido siempre y este tipo de árboles han encontrado ese sistema para protegerse de uno de sus enemigos. Nosotros, un poco más inteligentes que los alcornoques, hemos encontrado un sistema para protegernos: desvirtuar la realidad. Pensamos que nos podemos meter en medio de un atraco con rehenes. Creemos que la traición no existe, porque somos todos muy racionales y buena gente. Consideramos que la pobreza real es algo digno de lástima a erradicar y que nosostros combatimos  con nuestros buenos deseos y nuestros tuits. Defendemos que aprobando leyes, a veces injustas y que desconocemos, se van a acabar con todos los males del mundo. Odiamos a los que hacen mal y  deseamos que se pudran en la cárcelmmientras, a la vez, menospreciamos a quienes vigilan esas cárceles donde se encuentran los malhechores odiados por nosotros. Sabemos de todo, cuando ha ocurrido, aunque hasta que sucede un hecho no teníamos conciencia de que podía ocurrir. Cuidamos el lenguaje, pero no nos preocupamos de los sentimientos, cuando no les ridiculizamos.
La muerte está ahí, puede que cuando el lector lea esta entrada programada yo ya no exista (espero seguir viviendo). Puede que cuando el lector lea esta entrada no sienta dolor, sufrimiento; puede que no esté siendo traicionado; puede no estar siendo víctima de un error o estar cometiéndolo; puede que no esté enfermo él o algún familiar o conocido; puede que no esté siendo tratado injustamente; puede incluso que sea feliz en este momento. Pero también sé que cuando he enumerado todas las situaciones anteriores el amable lector ha rebuscado, de manera inconsciente, en su memoria y ha extraído situaciones ha vivido y que se ajustan a lo que he contado.
Yo no sé como se apagan los incendios ni como se arreglan las guerras. A mí no  me gusta grabar atracos ni ver culebrones sobre la vida de otros humanos que conviven conmigo. No concibo la vida como algo perfecto ni pienso que los demás deban serlo (basta con que cierta gente no toque los cojones). Sé que la vida tiene riesgos e injusticias y, tal vez por eso, por ese pesimismo vital, me encanta vivir, equivocarme, acertar, amar, sufrir, vaguear, luchar, acariciar, discutir, soñar, despertar, desesperarme, sonreír... Porque sé que nada es perfecto, pero en la imperfección existen cuestiones maravillosas.
Un saludo.



martes, 7 de noviembre de 2017

LA PALABRA CALLADA

"Las palabras son como monedas,
que una vale por muchas
como muchas no valen por una".

Francisco de Quevedo y Villegas




Una de lo vocablos en español cuyo sonido me gusta mucho es charlatán. Suena contundente y, al ser aguda, posee un toque diferente. El significado, sería más preciso decir los significados, de la palabra charlatán seguro que son conocidos por los lectores. Como recordarán abarcan desde el tipo que habla sin sentido alguno, hasta aquél que, a través de la palabra, busca engañar, timar a los oyentes de su discurso. En todo caso, cualquiera de las acepciones se asocian al uso del lenguaje oral. Ese lenguaje oral que, para cierta gente, sirve para cambiar todo. Cambiar todo para bien, por supuesto. Prueba de ello lo constituye el refrán: Hablando se entiende la gente. Nada más lejos de la realidad.
El poder de la palabra acaba cuando nuestros interlocutores, o nosotros mismos, no estamos interesados en lo que se escucha.
Existe una teoría infantiloide que sostiene que todo se puede conseguir mediante el uso de la palabra, creando un mundo dicotómico en el que sólo existen dos posibilidades para abordar las cuestiones: el lenguaje, que todo lo puede, o la violencia. Tal vez, sólo tal vez, en el mundo de la Política de los países con democracias burguesas pueda ser así. Pactos o guerras. Pactos o intervención policial. Pactos o.. Pero, en el resto de los asuntos de la vida, no funciona ese mantra de esa corriente buenrollista e infantiloide. Es más, no resulta necesaria en muchos casos, por resultar contraproducente y encubrir otro tipo de violencia, la moral y/o intelectual.
Para empezar, las personas que postulan el diálogo como fuente de solución a los conflictos excluyen a ciertos colectivos de ese diálogo. A nadie en su sano juicio se le ocurriría intentar convencer a una panda de neonazis que salen de "caza" intentar utilizar la palabra para negociar con ellno haya sidoos cuando van a apalear de manera criminal a alguien cuyo único delito es no entrar dentro de los cánones absurdos de pureza de los agresores.
Parece demostrado que la palabra no puede solucionar todo y que no sirve para ser utilizada con todas las personas.
De igual forma pensar que, por ejemplo, educar a un niño se puede hacer en exclusiva usando la palabra resulta osado. En algunos casos deberá comprender que sus acciones llevan asociadas consecuencias no deseadas, en especial cuando han sido advertidos en repetidas ocasiones sobre ello, siendo la palabra insuficiente para evitar conductas indeseadas que, en determinados casos, pueden llevar aparejadas algún tipo de violencia.
El lector podrá pensar que expongo casos extremos, que nada tiene que ver la validez del diálogo para solventar cuestiones conflictivas. ¿Seguro?
Lo prioritario para que la palabra sirva para algo más que para perder el tiempo es que los dos interlocutores tengan voluntad de llegar a un entendimiento. Desde el momento en que una de las partes no posea esa intención, malo. Cuando hablo de voluntad de entendimiento descarto la imposición la mayoría, o de todo, el argumentario por parte de uno de los interesados. Alguien puede pensar que exagero. Nada más lejos de la realidad. ¿Cuántas discusiones han comenzado por intentar imponer puntos de vista, ideas o apreciaciones sobre asuntos en cenas familiares? Por poner un ejemplo. Por tanto, la voluntad de entendimiento resulta crucial e indispensable, lo que nos lleva a pensar que, en realidad, lo importante no es la capacidad de diálogo, sino la predisposición previa de ambas partes.
De igual manera un par de aspectos, por lo general olvidados, resultas esenciales:
La forma de abordar ese intercambio oral. Lo que podríamos denominar la forma de envolver el contenido.
Hasta donde puede llegar nuestro interlocutor en su capacidad de amoldar su posición a nuestros intereses. A veces es mejor obtener un poco, que generar una confrontación de difícil solución.
No me gustaría concluir esta entrada sin hacer un par de apreciaciones, que fueron las que motivaron que la escribiese.
Existen temas, relacionados casi siempre con convicciones personales, con teorías implícitas, sobre las que se puede hablar, sin más. Resulta absurdo contraponer ideas sobre aspectos políticos o religiosos, cuando se trata de temas centrales de las creencias del individuo. ¿Quién soy yo para cuestionar esas creencias? O, ¿quién eres tú para criticar mis creencias más arraigadas? Las palabras sólo pueden generar violencia (aunque no sea física) en estos casos.
El uso del lenguaje para convencer puede generar, como todos sabemos, conflictos entre personas próximas. Esos conflictos pueden resolverse o no. Pero si se resuelven no lo hacen por el uso de la palabra, sino por la voluntad previa de esas personas de valorar su relación de familia o de amistad. Las palabras son sólo un vehículo. El verdadero motor del entendimiento o del enfrentamiento es la voluntad de cada cual a la hora de abordar un conflicto. El lenguaje oral sólo resulta efectivo cuando existe una predisposición a encontrar soluciones.
En mi profesión hay cierta tendencia, no por parte de todos los profesionales, a decir a los padres que no saben abordar los problemas con sus hijos que lo hacen mal. A mí me hace mucha gracia, porque ellos ya lo saben, aunque no lo reconozcan en ocasiones, y el "profesional" de turno lo único que hace es recalcar ese problema. Lo divertido del asunto es que ese profesional, pasados unos meses, tras no haber aportado ninguna solución real, se lamenta porque ese padre/madre no ha cambiado con el tiempo, a pesar de que el profesional de turno ha insistido mucho en lo mal que realiza su labor como progenitor. Parece que las palabras no resultan la solución de todo. Al menos las palabras lanzadas al aire sin otra finalidad que la de no escuchar.
Las palabras se hicieron para comunicarse, para comprender y ser comprendidos. Cuando alguien quiere comunicarse, comprender y ser comprendido y tiene frente a él a otra persona que desea lo mismo podrá cambiar algo con la palabra. Mientras esto no ocurra, las palabras son cansancio.
Un saludo.

domingo, 5 de noviembre de 2017

CUENSOS (CUENTOS DE VIDA CASI EN VERSO)

MIRANDO EL HORIZONTE 
ENCONTRÉ ESE PEQUEÑO DETALLE INNECESARIO E
INDISPENSABLE PARA EVACUAR AUSENCIAS.
SIN ESPEJOS DONDE MIRARSE
Y VERSE COMO EXTRAÑOS 
AFERRADOS A UNA CAMA SIN FUTURO.
MATAR PALABRAS GERMINALES
SE CONVIERTE EN HERRAMIENTA IMPRESCINDIBLE
PARA LA CONVIVENCIA
DE SILENCIOS ENLOQUECEDORES Y
RECONFORTANTES.
ESTE SEGUNDO, ¿SE NECESITA ALGO MÁS?





EL PROBLEMA 
                       APARECE 
                                   CUANDO
 SE OLVIDÓ AMAR



EL SABOR DE LA DERROTA,
SENSACIÓN DE TIERRA ESPERANDO Y PASADO,
TRASPASA LOS LÍMITES DE LA BOCA,
LLORANDO PLANES PERDIDOS
Y BRAZOS NUEVOS. 
SURGEN PREGUNTAS INSERVIBLES, INVIVIBLES
SOBRE TREGUAS CONTINUAS, 
BATALLAS SIN HERIDAS
Y OJOS SONRIENTES.
EL TIEMPO DE LA POESÍA
TAL VEZ AÚN NO LLEGÓ
O, TAL VEZ, NUNCA EXISTIÓ
Y SÓLO ERA ESO:
PALABRAS DESORDENADAS,
INTENTANDO BURLAR LA REALIDAD.




HE VISTO EL ODIO
hacia el indefenso
vestido de COMPASIÓN.
Deseo vuestra crucifixión
para convertiros
cuando los gusanos devoren vuestra lengua,
en SANTOS.


Hurgando rostros en la memoria.
Recreando cuerpos desnudos, poseídos o intuidos,
FUNAMBULISMO ESTERIL,
EL DESPERTADOR SIGUE TALADRANDO
LA DESIDIA.
Escarbando entre besos y brazos
en un esfuerzo diacrónico,
se encuentra UN TERRENO EN BARBECHO,
ABANDONADO.
Aventando nombres, muros ajenos y propios
FRASES, MENTIRAS Y SUEÑOS
EN ESE VIENTO SE DESTEJE EL TIEMPO
ENTRE PALABRAS VACÍAS, IMPRECISAS
EMITIDAS POR RECUERDOS DIFUSOS
RECREADOS,
TRANSFORMADOS, 
MANIPULADOS
EXTRAÍDOS DEL ATAUD DE LO INEXISTENTE.




TÚ Y YO NO SOMOS VERDAD.
YO Y TÚ SE APROXIMA MUCHO MÁS.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

FLORES SECAS

Allí, fijando su mirada perdida en el guitarra solista de ese grupo de rock, no acertaba a ver como los dedos del músico viajaban por el mástil de su instrumento de manera celérica. Tampoco escuchaba nada. Sólo pensaba en un cuerpo desnudo, que un rato antes había estado junto a él y que en ese instante sólo estaba en su recuerdo insistente.
Hasta aquel día las miradas, las caricias y el sexo habían dicho mucho más que sus palabras, pero ambos sabían, desde hacía tiempo, que estaban atrapados en el mismo abismo, que les empujaba a derribar el miedo al fracaso y a los condicionantes de vidas anteriores, que todavía existían.
Comprendió en ese momento que todo lo que no se decia durante horas supuraba, de manera deslabazada, mientras se entregaban al otro cuerpo o justo después, en la desnudez del silencio y los abrazos. Escuchaba, en la lejanía de las horas, como ella le pedía, le demandaba, mientras se dejaba perder en sus brazos.
Volvió al sonido que arrancaba el melenudo guitarrista a las seis cuerdas que rasgueaba de manera incansable y experta. Le hubiese gustado que ella estuviese allí, aunque sabía que ese tipo de música no podía incluirse entre sus favoritas. No le importaba tanto por compartir ese concierto, como saciar su deseo de estar junto a ella. Se acordó en ese instante de su mirada esmeralda y sintió la necesidad de contemplarla de aquella manera que a ella la desarmaba, de abajo a arriba.
- ¿No te gusta el concierto? - preguntó un amigo de él.
- Sí, sí. Mucho. Estaba pensando en mis cosas- respondió-. Suenan de puta madre.
- Te veía tan serio.
- Cosas mías. Pero vamos, que el guitarra solista es un máquina y el bataca un metrónomo.
- Ok, tío- zanjó la conversación el curioso amigo.
Al final, él se dejó llevar por una magnífica versión de Whole Lotta Love de Led Zeppelin y no se volvió a acordar de ella hasta el día siguiente.



Allí estaban los dos, desnudos. Ella se dejaba abrazar, dándole a él la espalda. Necesitaba, desde hacía mucho tiempo, sentirse abandonada entre los brazos de alguien que tuviese la paciencia y la necesidad de envolverla de ternura. En ese instante tuvo la necesidad de romper el silencio que los dos habían aprendido a construir en aquellas situaciones. No le iba decir lo que sentía; al menos no iba a utilizar las palabras querer o amar, pero, a su manera,  necesitaba expresar los sentimientos que había despertado en ella.
- Tenía ganas de verte - comentó ella.
- Yo también - aseguró él.
De nuevo el silencio. De nuevo los brazos rodeándola. De nuevo su espalda rozando el pecho de él. De nuevo el tiempo detenido bajo el edredón.
Sintió una caricia en su frente y tuvo la necesidad de acariciarle ella también con dos palabras: te amo, pero, una vez más, pudo detener ese impulso a tiempo.
La caricia se desplazó a sus labios, mientras los otros labios, los de él, dibujaban un te quiero inesperado, que la hicieron cerrar los ojos, respirar aún más lento y sonreír a borbotones por dentro, como, casi siempre, en secreto. Siempre en secreto. Como el amor que sentía por él y que jamás le declararía, aunque eso supusiese perderlo.



Allí estaba él, disfrutando de un día luminoso, que tal vez no lo era, pero a él se lo parecía., escuchando la poesía musicada de Carlos Chaouen. Se sentía reconfortado, feliz. Había alcanzado aquello que no buscaba y que necesitaba.
Una nube fugaz se empeñó en apagar el fulgor del momento. Por algún extraño mecanismo mental vino a su recuerdo una canción que escuchaba con mucha frecuencia hace unos años: Alone i break, y se trasladó a aquella época en la que le apetecía comerse el mundo, en la que la sensación de derrota se tejía en torno a una mirada cetrina.
Ahora, desde la distancia que da el tiempo y la sensación de que ciertas sonrisas ajenas se crean un poco para él, contempla aquello como una vivencia más. Ni mejor ni peor que otras, aunque siente una punzada honda, desgarradora cuando la derrota, el sentimiento de derrota hace acto de presencia en su recuerdo.
Vuelve a centrarse en la voz rasgada del gaditano y escucha:

"Tiembla la vida como con miedo. Hay veces que tiembla
y nada tiene que ver con el aire que mueve tu ropa
en noches de luna escueta, que aprieta, suelta y evoca. 
Y me enloquece. Y tiembla por los latidos que tú provocas...".

Y sabe que todo aquello quedó lejos. Y sabe que encontró, hace tiempo, su propio viento y su propio satélite y su única estrella.