jueves, 20 de julio de 2017

DEPORTE Y ESPECTÁCULO

"Tienes que esperar cosas de ti mismo
antes de poder hacerlas"

Michael Jordan



El reciente triunfo de Garbiñe Muguruza ha servido, una vez más, para que en las redes sociales, en Twitter, se pueda observar a todo tipo de fauna, que aprovecha cualquier resquicio para lanzar su mensaje único y adaptado a cualquier situación. Desde el tipo que defiende que la hispano-venezolana es una traidora a la causa chavista, por decidir representar a España en los eventos internacionales, hasta la intelectual que defiende que existe machismo porque la final no se emitió por la televisión pública (la final de Roland Garrós se emitió en una emisora privada, que compró los derechos a última hora para emitir la semifinal y la final del torneo). Uno intuye que la autora de tal desfachatez y algunos otros entes similares que pululan por ahí, no dudarían en poner el grito en el cielo si el coste de tal retransmisión nos costase a todos los españoles unos cuartos nada desdeñables.
Entre toda esta tropa existe un nivel intermedio, poblado de gente que se apunta al triunfo, viviéndolo como propio (dudo mucho que la triunfadora del torneo comparta los dos millones doscientas mil libras de premio por alzarse con la ensaladera con ninguno de ellos), y que ve en el trabajo realizado por la tenista durante estas dos semanas un reflejo de la grandeza de este país, España; lo que resulta chocante tratándose de un deporte individual, donde prima, además del trabajo, el talento que el deportista trae de serie. Si estos tipos quisieran felicitarse por algo relacionado con la trayectoria de la deportista, podrían vanagloriarse de que la ganadora del trofeo sobre hierba vino a vivir a España a los seis años para poder aprender en una de las mejores academias de tenis del mundo, sita en Barcelona, pero lo demás... También podían felicitarse si la tenista cambiase su domicilio fiscal y lo ubicase en España, en vez de en Suiza, pagando aquí sus impuestos; pero ése es otro cantar.
Sin embargo, existe un cierto número de personas, intuyo que muchas, que ven el triunfo de la deportista como la suma de esfuerzos solitarios, sinsabores, dolores musculares y, en determinados momentos, dudas sobre el camino emprendido. En otras palabras: el éxito como resultado de un esfuerzo anónimo, que no en todos los casos da el resultado apetecido, a pesar del talento. Y eso, querido lector, es el deporte: esfuerzo para alcanzar una meta, que no tiene porque ser un Grand Slam, una Champion o una medalla olímpica. 
Creo haber escrito alguna vez que practico deporte de forma regular. Lo hago porque me encanta y porque con el paso del tiempo, a pesar de disminuir mis facultades, encuentro unos nuevos límites que superar y una gran satisfacción cuando lo consigo. No se trata de ganar competiciones, a las que no me presento; el objetivo es conocerme, proponerme retos nuevos, por lo general pequeños, que aumenten, aún más, mis ganas de practicar actividad física. Eso, y en los deportes de equipo compartir un rato con compañeros y rivales, es la esencia del deporte. Lo que vemos en nuestras pantallas, por lo general, se puede asimilar más con el espectáculo de unos tipos con una capacidad innata para practicar una determinada especialidad, que con la esencia del deporte, aunque ellos practiquen ese deporte, siendo los mejores del mundo en su especialidad. En el fondo Messi, Ronaldo, Lebron James o Garbiñe no difieren en nada de los héroes de las Olimpiadas en la Grecia clásica o de los gladiadores o aurigas romanos afamados. Intuyo que toda sociedad necesita sus figuras relevantes relacionadas con el mundo del espectáculo, que pueden convertirse en émulos donde mirarse, los niños como modelo y los adultos si su comportamiento extradeportivo resulta un modelo moral a seguir (creo que aquí no se puede incluir al deportista que más dinero ha ganado en los últimos tiempos, Floyd Mayweather).
En realidad, lo que la gran mayoría de la gente practicamos es deporte para sentirnos bien e intentar conocer nuestros límites reales. Una de las experiencias más extrañas, y divertidas, consiste en, tras unas jarras de cerveza, o tras unas copas, empezar a hablar entre amigos de los deportes que practicamos, del esfuerzo, de la sensación de bienestar tras la ducha, siendo lo mejor de todo, que todos sentimos las mismas sensaciones, todos tenemos días malos, días de plenitud y que no nos cuesta nada traducir el nombre que cada uno a puesto a esas sensaciones. Eso es el deporte, y puede que una resaca al día siguiente. Y, lo curioso, es que todos los que practicamos deporte sabemos que detrás del triunfo de Garbiñe se encuentran muchas horas, días, meses, años de trabajo, de esfuerzo, de dolor, de dudas, de superación, porque, que nadie lo olvide, en eso consiste el deporte.
Un saludo.

domingo, 16 de julio de 2017

DIECISIETE DÍAS

Diecisiete días pueden suponer una muesca en una vida o un cúmulo de experiencias intensas de diverso cariz. Estos últimos diecisiete días de mi existencia se han asemejado más a un tobogán sin fin, con virajes continuos y recovecos inesperados (tal vez en los últimos tiempos casi todo se pueda comparar a un cúmulo de situaciones diversas e interesantes). Diecisiete días que no han sido míos, pero sí para mí. 
Ha habido momentos para contestar, sin preparación previa, por qué Alá es un dios. No creo haber salido mal parado respondiendo que es un dios porque sus seguidores creen que su dios, como el resto de dioses, creó el mundo, los animales, el hombre y a éste le dijo como tenia que vivir. Lo único que varía entre Alá y otros dioses es la forma de crear el mundo y al hombre y algunas normas sobre como vivir.
Durante un rato he conseguido rescatar el gusto, que no recuerdo cuando perdió, de mi peque por hacer rutas por el campo. Aunque haya sido en un paraje entre eucaliptos y pinos (algún roble joven pugnaba por recobrar a los moradores originales) el marco que envolvía el camino, mar límpido y frío, constituía un aderezo sin igual. Culminar la marcha en una playa, considerada por alguna revista de renombre como una de las mejores del mundo (una chorrada como otra cualquiera), constituyó un buen colofón.
Al fin conseguimos rendir a ese fonema vibrante y malvado que tanto se resistía. El esfuerzo, tan poco reconfortante para él como para mí, se convirtió en la casi total generalización. Reír, perrear, desbarrar, repetir... (Gracias Javi y Pilar).
Un cine, una película para niños y toda la música de los años ochenta como banda sonora del largometraje.  Recordar, al lado de tu hijo, todo aquello que viviste y que él no llega a comprender. Él también tendrá su banda sonora de juventud. Ésa que a su hijo, o a sus hijos, si los tiene, les sonará a chino y bastante apolillada.
El primer día, ferias y carruseles. Sus amigos. Algún amigo mío. Gente conocida, una cierta cantidad, envuelta en la distancia de una vida anterior, que cada vez considero más vacía y carente de sentido alguno. Buscando diagnóstico a dolores físicos, que desparecieron sin más, como desparecieron los lugares comunes, que nunca existieron.
Un cumpleaños, para él. Un rato de descanso para mí.
Minimizar situaciones que para él resultan importantes en ese momento. La confianza para contarte esas cosas importantes, a veces poco adecuadas para los oídos de un progenitor. Explicar que no todo el mundo nos debe caer bien. Explicar que la gente no es buena ni mala por su religión, por sus ideas políticas o por otro tipo de etiquetas. Explicar que a las personas se las puede considerar buenas o malas por sus actos.
Comer con amigos. Adueñarse de la expresión de un crío de su edad: ¡Qué pereza! Adquirir una banda sonora de dos letras para dieciséis días. Intercalar las dos palabras con: "He sido muy malo", extraído de la película con temas de los ochenta.
Un poco de arte. Visita a un museo de arte contemporáneo. Alucinar con Salvador Dalí y con el surrealismo, en especial por la gran cantidad de penes que aparecen en los grabados que vimos. Un pequeño no se olvidará de Salvador Dalí ni del surrealismo, aunque sea por sus representaciones fálicas. Picasso, Magritte o Juan Gris, entre otros, parecieron llamar menos su atención. Por cierto, descubrí una obra de Tápies que me gustó. Jamás pensé que pudiera ocurrir. 
Parque, mucho parque. Patín, fuente,  agua, pistolas de agua, ropa mojada, niños y niñas (alguna gitana) para jugar y pasar el rato. 
Mis amigos. No todos, pero casi. Los de siempre. Comer, beber, jugar con mi hijo, querer a mi hijo. Mis amigos. 
Nueva comida en la carta gastronómica del pequeño: rape. Me encanta que pruebe cosas y que, algunas de ellas, entren a formar parte de su repertorio. Me gusta hacer un esfuerzo e ir, de vez en cuando, a algún buen restaurante, para que pruebe cosas nuevas, que yo he pedido para mí. 
La diferencia entre unos mejillones al vapor comidos al ladito del mar, del que se han extraído (las bateas afloran unos kilómetros más allá) y unos con la salsa típica, en teoría los mejores de la ciudad, en un lugar de interior, resulta abismal. 
Mañana de vermú, algunos artesanos y de picoteo. Noche, lluviosa, de cerveza y picoteo. Cervezas y picoteo. Amigos. Gente que se ama. Gente que supo crear su forma de vida. Personas que se buscan aún. 
Entro una red social. Los mismos tontos hablando de referéndum y machismo con cualquier (una gilipollas aseguraba  por no emitir el partido de Garbiñe en la televisión pública era machismo). El mundo, ahí fuera, sigue teniendo el mismo nivel de cretinos que hace diecisiete días. Los cretinos que, en nombre de una pretendida vanguardia, destrozan la vida a personas inocentes y a niños, que unidos a los cretinos de derechas que, en este caso, no lo ocultan conforman una fauna de subhumanos que sólo destilan odio, del cual viven moral y, en ciertos casos, económicamente. 
Diecisiete días dan para que te pare la Guardia Civil en un segundo control de carretera en menos de doscientos kilómetros y te pregunten por un bate de béisbol de plástico duro y hueco por completo. Cuando el de la pestañí cogió el minúsculo bate y comprobó que se trataba de un juguete, no creo que sobrepase los cien gramos de peso, y tras echar un vistazo al maletero y ver la sombrilla, la nevera y las palas de playa concluyó con rapidez su recién iniciado registro visual, porque debió pensar que poco atentando podíamos cometer un niño y yo con semejante arsenal. La escena del bate de béisbol creo que le resultó tan surrealista al de verde como a mí. O eso creí ver cuando le miré tras comprobar que en una revista infantil de cuatro euros no suelen regalar armas de destrucción masiva, aunque tengan forma de herramienta beisbolera. 
Un pez globo y un marrajo, ambos tratados por un taxidermista, constituyen lo inesperado que consigue fascinar a un niño que ha escuchado hablar del veneno del pez globo y de la ferocidad de los tiburones, pero que nunca ha tenido uno en sus manos. 
Se me olvidaba Manolo, esa langosta gigante de goma, inflable, que ocupaba una parte significativa de la piscina. Manolo, el indomable Manolo, que cuando parecía que ya se había conseguido subir encima de él parecía empujar a mi pequeño jinete al fondo de la piscina. 

miércoles, 12 de julio de 2017

VISTO EN LAS REDES









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En 4°  de Educación Primaria se estudia qué es un mamífero. 


lunes, 10 de julio de 2017

MICRORRELATOS

Enterrado bajo varios metros de nieve, en una perdida zona del Himalaya, sabía que moriría en breve. Había conseguido sobrevivir, en un primer momento, al alud, pero sabía que la gruesa capa nívea acabaría convirtiéndose en su sepultura. Su último pensamiento fue para su hijo. Deseó con todas sus fuerzas que él fuese capaz de ser el primer el ser humano en coronar, por aquella vía que a él le iba costar la vía, la montaña en la que estaba abandonando la vida.



Ella se enamoró de su profesor de su Biología. Él se dio cuenta y aceptó el reto. Ellos acabaron convirtiéndose en pareja. Ella se sintió orgullosa de conquistar a un hombre mucho más mayor y de gran cultura. 
Unos años después una alumna se enamoró de su profesor de Biología. Él se dio cuenta y aceptó el reto. Ellos acabaron convirtiéndose en pareja. Él se sintió orgulloso de seguir conquistando a mujeres jóvenes y atractivas.




Se comprometía a devolver todo lo cobrado. No tenía ningún problema en ello. En la publicidad de su negocio aparecía con letra destacada: "En caso de no satisfacer sus expectativas devolvemos el dinero recibido". Sin embargo, el furioso cliente no parece tener bastante con lo pecuniario. La predicción del adivino le empujó a tomar unas decisiones que se demostraron erróneas y que habían convertido su existencia en un infierno. Ahora, el iracundo reclamante, sabiendo que no podría recuperar su anterior vida , sólo quería cobrarse, cuchillo en mano, su deuda, acabando con la de la persona que había utilizado las cartas para destrozar la suya.




Estudió Filosofía porque le apasionaban cuestiones como el bien o el mal. Llevaba años, más de dos décadas, leyendo y escribiendo sobre estos conceptos, sintiéndose uno de los mayores expertos sobre el tema. Durante el proceso de divorcio pudo comprobar como un abogado sin escrúpulos y una expareja despechada y ambiciosa, aprendió que el amor puede convertirse en una forma de mal poderosa y destructiva.




Luchó duro para que su pequeño país lograse la independencia. Varios años de cárcel, reuniones clandestinas, golpes recibidos en comisaria... Y hoy, logrado el objetivo, situado frente al televisor comprueba que entre los ministros  del nuevo Gobierno de su país se encuentra su antiguo jefe, el mismo que le hizo la vida imposible a él por su nacionalismo y que, hasta hace bien poco, se alienaba con los ocupantes de su país. 




Comprobó que todo se encontraba en su sitio. Rezó por última vez. Cuando vio a su hijo bailando, a unos pocos metros de él, no pudo hacer nada. Acababa de activar el mecanismo de activación de su cinturón explosivo. 

miércoles, 5 de julio de 2017

DISTOPÍA Y REALIDAD.

“La oscuridad no puede sacarnos de la oscuridad. 
Solo la luz puede hacerlo. 
El odio no puede sacarnos del odio. 
Solo el amor puede hacerlo”.

Martin Luther King


Esta noticia recoge todas las incongruencias en que ciertos movimientos han caído con su forma de intentar imponer una visión parcial, e interesada, de la realidad. 


Leyes ad hoc, realizadas por un gobierno para fidelizar a colectivos, que a la vez se benefician de subvenciones de ése y del posterior gobierno. Buenos y malos por decreto. Problemas que siguen existiendo y que a casi nadie parece interesar erradicar. Visión deformada y caricaturesca de la realidad; cuestiones individuales utilizadas como categoría. Castigo, mucho castigo, porque su moral se basa en el castigo para los que no piensan como ellos... Un cóctel perfecto para que los fanáticos de siempre de arracimen en torno a nuevos temas, sobre los que sólo ellos pueden entender y opinar y sobre los que crear una moral única. Los sucesores de los nacionalcatólicos, muchos de ellos autodenominados progres, aprendieron de sus mayores la importancia de adueñarse de la moral colectiva.


Entre esos nuevos temas se encuentra la desigualdad de salarios entre el hombre y la mujer. Merece la pena ver este extracto de un programa de la La Sexta, donde expertos en el tema aportan una visión diferente.



¡Vaya! Parece que la verdad no se parece a lo que nos presentan unos y otros. Excepto en un aspecto: sí existe una diferencia clara entre lo que cobran los hombres directivos y las mujeres directivas. ¡A ver si todo esta movida va a ser por eso! Porque jamás hemos visto pedir que haya igual número de mineros que de de mineras, ni de fontaneros que de fontaneras, de conductores de autobuses hombres y mujeres. Tal vez todo ello sea, porque la conductora de autobús, de una conocida compañía de origen asturiano, con la que me cruzo todos los días cuando voy a currar, se ha tenido que currar aprobar las psicotécnicos, de más de tres horas de duración, ella sola, para poder trabajar, igual que sus compañeros, en dicha empresa. Tal vez sólo sea eso: hay gente que consigue cosas por mérito propio y otras que aspiran a medrar en puestos de consejos de dirección asignados de manera digital. Sería interesante recordar donde han acabado algunas de las mujeres de este país que han clamado por la igualdad salarial, incluso desde un ministerio. Le puedo asegurar al lector que en la ONU cobran mucho más que la mujer conductora de autobús de la que hablaba hace un momento.


Volviendo a lo de la violencia en la pareja, merece la pena echar un vistazo a esta noticia:

http://www.elconfidencial.com/espana/2017-06-27/maltrato-gay-lesbianas-intragenero-violencia-lgtb_1404557/

Los datos, exagerados o no, están ahí. No sólo están ahí, sino que de aproximarse a la realidad, mostrarían  dos hechos importantes: las mujeres homosexuales maltratan con mayor frecuencia que los hombres homosexuales y el maltrato en las relaciones se da en un porcentaje muy alto. Intuyo que estos datos no los va a airear Boris Izaguirre o alguno de los voceros del Grupo Prisa o de eldiario.es, se les podía desbaratar el tinglado y no es cuestión de eso. Su mundo de heteros blancos malos y opresores, heteropatriarcado creo que lo llaman, se les podía desmoronar y tendrían que molestarse en hacer periodismo.

Imaginemos que en un país la primera causa de muerte no natural, unas cuatro mil personas por año (más del doble que la segunda, los accidentes de tráfico), no interesa a casi nadie.
Imaginemos que en ese país no existen campañas para prevenir que el número de personas muertas por esa causa aumente cada año.
Imaginemos que, sin embargo, en ese mismo país se destinan miles de millones de euros a causas de muerte no natural que generan unas sesenta muertes al año.
Imaginemos que de esas casi cuatro mil personas muertas al año, unas tres mil sean hombres y algo menos de mil mujeres.
Imaginemos que ese país se llama España y esa causa de muerte se llama suicidio.

http://www.elmundo.es/sociedad/2016/03/30/56fb9dc5ca47413d358b4604.html

Dejemos de imaginar, por desgracia es la realidad, pero, obviamente, no merece la pena mostrar una verdad sórdida y dolorosa. Sigamos haciendo carreras por la mujer, desfiles con carrozas patrocinadas por grandes multinacionales, que despiden a empleados por ir a la huelga:


http://www.publico.es/sociedad/trabajadores-deliveroo-despedidos-apoyar-huelga-repartidores.html

Folklore, neoliberalismo y causas elegidas, y deformadas, hasta la caricatura, para que tener al personal entretenido y controlado.
Un saludo.

domingo, 2 de julio de 2017

EL LIBRO INCOMPLETO

¡Calla!, pensó. ¡Olvida esos pensamientos! No te van a llevar a ningún sitio bueno. Acabarás enloqueciendo. Sus ojos parecieron seguir las órdenes que su cerebro dictaban y alzó los ojos, hasta fijarse en el ponente, al que desde hacía un rato no escuchaba. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos desmedidos que hacía, no conseguía borrar por completo esos pensamientos de su cabeza y las palabras del tipo situado frente a ella en una tarima parecían no tener significado alguno.
Unos minutos después los aplausos dirigidos al orador, que había concluido su exposición, consiguieron borrar, de forma provisional, sus idas y venidas mentales. Aplaudió para unirse en este gesto al resto de asistentes. Se levantó y se dispuso a unirse a una incipiente fila, que en esos momentos se estaba formando, con el objetivo de conseguir la firma del sujeto al que apenas había prestado atención. 
No tuvo que esperar mucho para poder entregar el libro que llevaba al hombre de mediana edad que lo había escrito, para que estampase su firma en él y escribiese unas palabras, a modo de dedicatoria.
- ¡Buenas tardes! ¿Le gustó el libro?, preguntó el autor del mismo. 
Está muy bien escrito - repuso ella -. Y, sí, sus consejos me han servido para superar, o comenzar a superar, una situación difícil. ¡Muchas gracias! - continuó ella. 
- Me alegra saber que mis ideas pueden servir de ayuda a mis lectores - explicó el escritor -. Hay gente que considera que los libros de autoayuda los escribimos unos desaprensivos, que sólo queremos sacar dinero fácil a personas vulnerables y desamparadas.
- Pues, en mi caso, creo que no ha sido así - afirmó la mujer -. Sus ideas me están ayudando a aclarar mis ideas y a espantar mis miedos, aunque aún queden cosas por conseguir - concluyó, mientras se comenzaba a vislumbrar una franca sonrisa en su rostro.
- ¿Cómo se llama?- preguntó él, mientras abría el libro para escribir en él una dedicatoria.
- María - fue la escueta repuesta de ella.
- María, termino a las ocho de firmar en esta librería. Si te apetece, podemos tomar algo después - propuso el escritor.
Ella, desconcertada, se limitó a asentir bajando y subiendo su cabeza.
- ¿Conoces la cafetería Magisterio?
Un nuevo movimiento afirmativo de la mujer sirvió de confirmación.
- ¿Te parece bien a las ocho y media allí?
- Sí. ¡Perfecto! Allí estaré - afirmó María mientras cogía su libro.



María llego cinco minutos tarde al lugar de la cita. Él, Carlos, ya se encontraba allí. Ambos se saludaron con una sonrisa. La de él transmitía seguridad. La de ella timidez.
Él se levantó del sitio que ocupaba en una mesa y la agradeció que hubiese venido a la cita. María dijo que era un placer.
Tras el momento inicial establecieron una conversación animada, vertebrada en un principio por lo que les unía: los problemas de María y las soluciones a los mismos que consideraba había encontrado en el libro que tenía la firma del hombre que se encontraba frente a ella. Durante unos segundos el silencio se interpuso entre ellos. Sus miradas se encontraron por encima de ese silencio. Los ojos verdes de ambos se contaron muchas cosas. Tantas que en el rostro de ambos apareció una sonrisa, en la que ya no había atisbo de seguridad o timidez. Si un experto en sonrisas las hubiese analizado, casi seguro, que hubiese encontrado, por encima de todo, futuro.


"Agradezco este premio que se me concede. Me llena de orgullo ser el escritor que más libros ha vendido en este país durante año que acaba de concluir. Considero que parte de mi éxito, de mi modesto éxito, se lo debo a mi mujer, María. Estos tres años junto a ella han sido magníficos. María, eres el mejor libro de autoayuda que podía leer y tener. Todos este tiempo junto a mí me han ayudado a crecer y, por qué no decirlo, a contribuido de manera fundamental a que sepa en que consiste la felicidad. Gracias por todo ello.
Gracias también a mi familia, a mis lectores, a mi sufrido editor y a todos aquellos que han contribuido, de una u otra forma, a que ahora esté aquí, recogiendo este premio frente a todos ustedes".


El número que aparecía en la pantalla de su teléfono móvil no lo tenía registrado, pero tampoco le extrañó porque, dos semanas después de recoger el premio por su éxito literario, seguía recibiendo felicitaciones de personas que no conocía o con las que hacía tiempo había perdido el contacto.
 Pulsó el botón verde del aparato y, tras decir: "Diga", una voz desconocida preguntó: "¿Es usted Carlos Cantalejo Martín?". "Sí. ¿Con quién hablo?". "Soy el inspector Lucas, de la Policía. Le llamo para poner en su conocimiento que, María Carbonero Carro, su mujer según nuestro registro, ha sufrido un accidente de tráfico y se encuentra hospitalizada en el Clínico. Lo siento".
Cuando Carlos describe, tiempo después, lo que recuerda del período que transcurrió a continuación siempre dice lo mismo: incertidumbre, miedo y, al final,  vacío, cuando en el hospital le comunicaron que su esposa había fallecido, sin que pudiesen hacer nada por evitarlo.


Había transcurrido un mes y medio desde la muerte de María y, por fin, se sintió con fuerzas para organizar sus objetos personales, aunque aún no había decidido qué hacer con ellos. Iría improvisando sobre la marcha.
Cuando abrió en primer lugar el cajón donde ella guardaba su ropa interior, sintió que profanaba la intimidad de María; pero también sabía que no tendría que pensar que hacer con ella, porque iría a un contenedor de basura, dentro de la bolsa que tenía en su mano izquierda. Sin embargo, la aparición de un sobre con el mensaje: "Para Carlos", semiescondido entre la ropa del cajón, trastocó los planes iniciales y provocó un aumento en la frecuencia cardíaca del destinatario de la misiva. No dudó ni un momento en rasgar el papel y sacar la única hoja que contenía, desdoblándola para leerla.

"No sé si habrá pasado un día, un mes o un año desde mi muerte, pero sé que cuando leas esto habré muerto. Imagino que te extrañará que haya escrito una nota previa a mi muerte inesperada. Todo tiene una explicación, más sencilla de lo que pudiera parecer.
Cuando nos conocimos (quedé atrapada en tu sonrisa y en la seguridad que transmitías), yo buscaba ordenar mis ideas, mis sentimientos sobre todo, aprendiendo a quererme y, sobre todo, aprendiendo a disfrutar de ser querida. Tu libro me hizo comprender que mi mayor problema residía en la dificultad para apreciar que a otras personas me querían o, incluso, que me amaban. Me sentía vacía, sola, sin nadie a quien importase a mi alrededor. 
Para mí constituyó un descubrimiento crucial saber que mi problema residía en mí, en mi forma de interpretar el mundo. El diagnóstico que encontré en tu libro, diría que en ti, no podía ser más certero. Cuando comenzamos a salir, a formar una pareja, pensé que las cosas sólo podían ir a mejor. De hecho, por primera vez en mi vida me sentí querida. No recordaba haber tenido esa sensación ni tan siquiera de pequeña, con mis padres, que, visto en perspectiva, me querían con locura. Sin embargo, el tiempo fue pasando, tampoco tanto tiempo; en unos meses volví a sentir la misma sensación. La sensación de soledad, de falta de cariño, de amor. Sonreía, sí, pero me sentía como un cuadro cubista, en el que diversas perspectivas conviven en un mismo ser. La sonrisa ocultaba la soledad que me autoimponía. Me habías ayudado a diagnosticar mi tumor anímico, pero parecía que no se podía hacer nada para detener la metástasis en que se había convertido. Por dentro era infeliz. Aunque no llorase, creo que lo he hecho dos o tres veces en mi vida, la tristeza me anegaba. Las sonrisas, las conversaciones en los actos públicos, todo aquello que quieras pensar que contradecían mi pena, mi dolor, no eran más que una práctica aprendida durante de pequeña, para no molestar, para pasar desapercibida, para no molestar a todas esas personas a las que creía no importar.
Tu libro me sirvió para conocerme, pero no para sanarme. En realidad debería haber escrito tú me serviste para conocerme, pero no para sanarme. De nuevo, releyendo la frase anterior, me doy cuenta de que me he vuelto a equivocar. Tú no eres el culpable de que yo no haya cambiado. De que yo no haya aprendido a disfrutar de lo que otras personas me ofrecen. La única culpable, si alguien tiene la culpa de esto, soy yo. 
No sé cuanto tiempo más podré aguantar esta situación, intuyo que poco. Llevo varias semanas dándole vueltas a la posibilidad de acabar con todo. Simular un accidente de tráfico, una forma de suicidio relativamente común, me parece la mejor opción. Todo parecerá algo fortuito, no premeditado y, de cara a tu público, tu imagen positiva no sufrirá merma, al contrario, se te verá como el afligido viudo. Míralo como una forma de compensar mi imposibilidad de sentirme amada por ti, a pesar de todos tus esfuerzos por demostrármelo.
Siento no haber sido capaz de hacer más".

Acabó de leer y acto seguido, casi como si la persona que llamaba supiese de la importancia que tenía no interrumpir la lectura que acababa de finalizar, sonó su teléfono móvil. Aturdido, con voz apagada, contestó a su representante, que le llamaba para recordarle que en un par de horas debía estar en una superficie comercial, para presentar su última libro de autoayuda.

miércoles, 28 de junio de 2017

ESCUCHAR, VIVIR, MORIR.

No debe resultar tan difícil comprender que cuando una persona cuenta cualquier cuestión que a él le produce malestar, tristeza,  dolor... lo hace por dos cosas: 
  • Porque tiene necesidad de hablar con alguien, de expresar aquello que le está preocupando, cuando no devorando por dentro.
  • Porque la persona destinataria de ese lamento, queja, desahogo alguien especial, en una u otra forma,  para aquel que necesita ese desahogo.
Sin embargo, existe un cierto tipo de receptor que insiste en quitar importancia a todo aquello que otra persona, afligida por lo cualquier circunstancia, le narra. Frases como: "Eso es normal". "No te vas a morir por eso". "Te quejas por todo"... Suelen constituir la respuesta normal, con cierta frecuencia, ante la expresión de angustia de otra persona. 
Existe la otra vertiente del asunto: las personas que parecen querer implicarse tanto en las cuestiones de los demás, que un observador externo puede tener la impresión de que el trauma lo han sufrido ello, en vez de la persona que narra su experiencia y sus sentimientos. En esta tropa se pueden identificar un revolutum donde conviven en perfecta armonía cotillas patológicos y gente salvadora de almas ajenas, dispuesta a dar consejos sobre el camino correcto, que, en el fondo, son personas más vacías que el depósito de un coche tras un viaje de mil kilómetros sin repostar. 
Creo que Aristóteles situó en el punto medio la virtud (una estupidez muy vistosa), que en este caso puede ser de perfecta aplicación. Se trata del punto medio porque basta con un poquito de empatía para que la otra persona se lleve la impresión de que su penar interesa a alguien. Se trata del punto medio porque sólo se trata de escucha activa. De devolver a quien lo necesita la sensación de que su situación le interesa a alguien. Unas palabras de consuelo; decir: "Debes estar pasándolo muy mal"...
En realidad, quien cuenta sus problemas no espera que quien les escucha arregle su vida. Sólo busca sentirse comprendido, apoyado y/o de que no se encuentra en la más absoluta soledad. No espera soluciones a lo que le ocurre, porque en ese momento lo que debe hacer es asimilar lo ocurrido, para, de manera posterior, elaborarlo, abordándolo de una manera eficaz y correcta, bien con ayuda, bien por sus propios medios. Pero, en ese momento de la queja, lo que el individuo necesita (lo que todos necesitamos o hemos necesitado) se puede resumir en sentirse escuchado, querido. Tal vez por ello no entiendo que cuando se dirige a otra persona para manifestar su estado en ese momento, se le conmine a olvidarlo, a minimizarlo, a callar. 



Creo que todos tenemos la necesidad de sentirnos queridos, amados, respetados en nuestro entorno. Todo tenemos la necesidad de sentirnos importantes para otras personas y/o por nuestras acciones. Tal vez, lo que difiera entre unos y otros sea la cantidad de personas que necesitemos para sentirnos queridos, amados y, en mayor medida, respetados. Existen gente que necesita un pequeño círculo, el indispensable para tener cubiertas sus necesidad de cariño, afecto, reconomiento, mientras que otra necesitan poseer un amplio círculo de gente a su alrededor que, de una u otra manera, proporcione esos necesidades afectivas.
Considero que se habla poco de este asunto en una sociedad en la que los altavoces son unos medios copados por la visión economicista del sistema. En la que estar (acudir) resulta más importa que ser (vivir) y en la que tener (poseer) resulta más determinante que sentir (vivir). 
La necesidad de sentirse querido tiene un reverso: la necesidad de querer, de amar. Y es en este juego, la necesidad de sentirse y la necesidad de querer, amar, donde se establece buena parte de nuestra vida adulta. La alegría, la soledad, el amor, la frustración, el amanecer, la noche... Todo se mueve en ese invisible espacio que gira en torno a dar y recibir. 



Mientras la vida es un relativo, la muerte, no hay duda, constituye un absoluto. En nuestro período vital hemos ido cambiando, de manera más o menos consciente, para adaptarnos a las diferentes situaciones, que van desde tener hijos a experiencias horrendas vividas. Sin embargo, la muerte supone la inmovilidad, el vacío, la nada. No podemos hacer por adaptarnos a ella. Al menos no podemos hacer nada cuando morimos. Si podemos cambiar, de hecho lo hacemos, cuando vamos envejeciendo. La muerte pasa de ser un ente lejano, que parece nunca va a llegar, a un compañero de viaje cada vez más frecuente. Perdemos seres queridos. Personas que apreciamos también pierden seres queridos. Fallecen personas de nuestro entorno... En ese momento la muerte parece más real que unos años antes y, en ese mismo momento, o algo después, empiezamos a negociar con la idea de nuestra finitud. Nos sentimos, si cabe, más vulnerables, pero, a la vez, comprendemos que tenemos un tesoro llamado vida. Un tesoro que no lo hemos buscado, pero del que no queremos deshacernos, porque sabemos que no tendremos otro después (a no ser que creas en la reencarnación, pero te puede tocar tener un tesoro en forma de lombriz). En ese momento, sabes que tus seres queridos fallecidos vivirán siempre, en tu recuerdo, en el recuerdo que tú quieras formar de esas personas. Y es en ese momento, o un poco después, cuando sabes que vas a morir un día de estos, pero mientras eso ocurre, sólo debe preocuparte regar tu jardín para que florezca lo más bonito posible.