martes, 26 de diciembre de 2017

LA NAVIDAD

Un hombre bien vestido pidiendo dinero en un bar., con discreción y educación. Con la misma discreción y educación se aleja cuando se lo niegan. El dinero que recaudase parecía tener un destino: ser gastado en alcohol. En efecto, cuando termina su ronda se acerca a la barra del bar y le pide algo al camarero, que parecía conocer al cliente de antemano. Éste mete su mano en uno de los bolsillos del pantalón, saca varias monedas de diferente valor y busca la cantidad necesaria  para poder pagar la caña que un joven está sirviendo a través tirador de cerveza. 
Esta escena la observa un tipo de mediana edad, sentado al lado de otro de edad similar. Ambos le han negado un par de minutos antes dinero al hombre que ya tiene preparado el coste de la caña que está a punto de llegar a sus manos. El sujeto de mediana edad que se ha dedicado a mirar todo aquello se dirige a la persona que tiene frente a él y le comenta todo lo descrito hasta el momento. En ese momento se establece un diálogo, que, más o menos, discurrió de esta manera:
- He estado a punto de darle algo - responde el hombre que parecía mostrar menos curiosidad.
- Yo también. En el fondo ese tipo sí necesita el dinero - concluye mientras sigue observando al individuo de la barra que acaba de consumir medio vaso de cerveza de un trago.
- Nunca se sabe dónde podemos acabar - sentencia el más alto de los dos.
- Creo que le voy a dar algo - dice el hombre que no quita ojo al hombre del abrigo azul sentado en la barra, mientras coge una moneda.
Su amigo también saca dinero y le ofrece unas cuantas monedas para que escoja. Coge una moneda de igual valor a la que él ha seleccionado, se levanta y se dirige al hombre que minutos antes se había dirigido a ellos sin obtener nada y, cuando se encuentra a su altura, deposita el dinero y le dice en voz baja: "Para que tomes otra". No espera respuesta. Da media vuelta y vuelve a su asiento.
Los individuos que han ayudado al hombre que, tras vaciar de un segundo trago el vaso, ha abandonado el bar, se conocen desde hace mucho tiempo. No comparten ideas políticas ni religiosas, pero, cada vez más, tienen una forma de ver la vida similar: odian a los mercachifles del buenismo, saben, por experiencia, que la vida de es una alfombra de rosas y también comparten la idea de que el secreto de todo se encentra en vivir como se pueda y todo lo que se pueda.
Aprovechan el tiempo muerto del partido entre los Warrios y los Cavaliers, mientras suena de fondo Alone i break, para hablar sobre lo ocurrido. Ambos contaron anécdotas sobre personas necesitadas de una u otra manera y la expresión de extrañeza de cierta gente cuando se les había ocurrido ayudar con un poco de dinero a personas que pedían dinero, que sabían iba a ser destinado a alcohol o drogas. Lo que más les irritaba a ambos era saber que muchos de los que criticaban destinar un poco de dinero a gente enferma de alcoholismo o drogodependiente se consideraban a sí mismos como personas comprometidas y solidarias. Ambos sabían que algunos rasgos de su vida, criticable por mucha de esa gente de bien, era la otra cara de ese pensamiento. Odiaban a los tibios de corazón, que se amparaban en la palabra para no hacer nada.
Tomaron otra caña. Hablaron del futuro, de la soledad, de la educación de los hijos, del paso del tiempo, de lo divino y de lo humano hasta que agotaron su opinión realista/pesimista de la vida, momento en el que se pusieron los abrigos y salieron del bar. 
Un poco más adelante el tipo de menor estatura creyó ver al hombre del abrigo azul en otro bar, pidiendo. Entonces pensó en el sentido de ese día en el que se encontraban, el de Navidad, y llegó a la conclusión de que no existían días de Navidad o de Nochebuena. Sólo existen personas viviendo o malviviendo, que hacen un pequeño paréntesis durante estos días, si pueden, para volver de inmediato a vivir o a malvivir. Volvió a acordarse del tipo del bar y comprendió que para él la Navidad eran esas dos monedas que se estaría gastando en su enfermedad.

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